Todo ocurre por algo - Capítulo 2
Capítulo 2
Aquí y ahora
Empezó siendo un día normal, o así lo parecía cuando la rutina matinal
fue la misma de siempre. Se despertó dos minutos antes que sonara la alarma del
despertador. Se sentó en la cama, deslizó los pies dentro de las pantuflas que
estaban cuidadosamente ubicadas frente al ropero, y se puso de pie. Caminó
hasta la cocina y tomó un vaso de agua con unas gotas de limón. Luego se
dirigió al baño, se lavó los dientes y llevó a cabo su tratamiento de limpieza
facial, no hacía mucho tiempo que lo hacía, pero ya estaba más cerca de los
treinta; comenzaban a aparecer algunas canas y líneas de expresión. Pero tal
como le dijo siempre su abuela, es mejor que las arrugas sean a los costados de
los ojos, de reír, y no en la frente por andar de ceño fruncido.
Ya con la cara cuidadosamente hidratada se dispuso a preparar un té, esa
mañana no tenía ganas de tomar mate, quizás lo prepararía más tarde. Mientras
se preparaba la infusión hizo un flow
de sun salutations, le gustaba
empezar el día estirando los músculos y despertando su cuerpo mediante el
movimiento. Al juntar sus manos frente a su pecho y decir “Namasté”, miró por
la ventana. Lo primero que llamó su atención fue que en el parque había muy
poca gente, la calle estaba prácticamente vacía. Solo un par de personas se encontraban
en la parada del ómnibus al otro lado de la calle. Eso casi nunca ocurre,
pasadas las siete de la mañana ya comienza a haber más movimiento. Es por eso
que le gusta despertarse antes, para tener un tiempo para contemplar el día,
antes de que comience el bullicio.
Terminando de tomar el té en su taza favorita, revisó su correo
electrónico desde su celular. Nada. Ningún mail importante, solamente algunos
pocos newsletters a los que estaba
subscripta. No se detuvo mucho tiempo en estar con el celular. En cuestión de
minutos ya se había vestido y estaba pronta para salir. Agarró su abrigo al
mismo tiempo que se ponía un poco de perfume con aroma a madreselvas. Buscó su
cartera y volvió a la barra de la cocina a buscar su billetera y el cargador
del celular. Tomó la llave y abrió la puerta luego de leer el mensaje que la
despedía cada vez que salía: “be awesome
today”. Bajó rápidamente las escaleras y saludó al portero cuando le abrió
la puerta.
—Hola, Pedro. Buenos días.
—Buen día, Nalani.
—¡Qué frío!
—Sí, ya se empiezan a sentir los días de otoño más
frescos —dijo Pedro
mientras miraba al cielo, las nubes estaban oscuras, amenazantes de lluvia —. ¿Llevas paraguas?
—No, no creo que llueva hasta más tarde. Me
va a dar el tiempo a llegar a estar bajo techo. —dijo Nalani
al mismo tiempo que saludaba a Pedro con la mano
—Que tenga un buen día.
—Igualmente, Pedro, hasta luego.
Al llegar a su trabajo llamó al
ascensor, miraba fijamente los números cambiando sobre la puerta conforme el
ascensor iba llegando a los distintos pisos. Se detuvo en el ocho, parecía que
no iba a cambiar más, seguía en el ocho, ya habían pasado casi dos minutos. Le
resultó extraño, pero no se impacientó ya que aún tenía tiempo antes de su
primera reunión. Era una reunión importante, tenían un cliente potencial al que
impresionar con una propuesta de comunicación. Le asignaron a ella la tarea de
cerrar el trato porque le apasionaba lo que hacía y siempre lograba transmitir
esa pasión y cautivar a los clientes. No era algo que le requiriera un esfuerzo
extra, realmente disfrutaba de su trabajo y le gustaba poder compartirlo.
Finalmente se abrieron las puertas
del ascensor, entró y apretó el botón del piso doce. Entraron dos personas más
después que ella, ambas iban al piso ocho. ¿Coincidencia? Fijó su mirada en los
otros ocupantes del ascensor, no parecían conocerse. Pero cuando se abrieron
las puertas en el piso ocho lo que cautivó su atención fue el perfume que se
sentía en el aire. Era una fragancia muy característica, muy familiar, pero no
se logró dar cuenta de qué era. Se cerraron las puertas y en un abrir y cerrar
de ojos ya estaba entrando a su oficina.
—Buenos días, Nalani —le dijo la chica que
estaba en la recepción.
—Buenos días, Julia, ¿Cómo estás? ¿Cómo te
fue en tu cita anoche?
Julia se sonrojó, y eso le dijo mucho más que
cualquier respuesta que le pudiera haber dado.
—Mejor de lo que pensaba —dijo Julia, bajando
su mirada y encontrando repentinamente una revista sumamente interesante.
Nalani no la presionó para que hablara,
simplemente le sonrió y se dirigió a su escritorio. Más tarde tendrían
oportunidad de hablar mejor.
Colgó su abrigo y su cartera en el perchero y
se sentó en su silla. Fue en ese momento que vio un post-it que decía “aquí y
ahora”. Lo contempló durante unos segundos, pero su curiosidad fue interrumpida
por Carlos, uno de sus compañeros que le informó que el cliente estaba
subiendo. Dejó el post-it de lado. Agarró su computadora y se dirigió a la sala
de reuniones, las luces ya estaban prendidas y a un costado de la mesa
principal había una mesa más pequeña con café y tazas para servirse. Se arrimó
a buscar una, la tenía en la mano cuando giró repentinamente al escuchar voces
entrando a la sala y fue tal su sorpresa que casi se le cayó la taza.
Cuando recuperó su compostura y miró a los
ojos al cliente reconoció a Diego, y en ese segundo lo asoció con la fragancia
que había sentido en el piso ocho. Era su fragancia, siempre usó el mismo
perfume, era sumamente característico. No lo podía creer. Estaba anonadada.
El hombre que acompañaba a Diego se presentó,
pero Nalani no retuvo su nombre, estaba demasiado concentrada mirando a Diego,
estaban como en un trance, ninguno de los dos parpadeaba. El otro hombre los
interrumpió y les preguntó si ya se conocían.
—Nalani… —dijo Diego —. Sí, nos conocemos desde pequeños, pero hace
muchos años que no nos veíamos. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!
—Encantado, Nalani —dijo el otro hombre
Nalani, redirigió su mirada y extendió su mano para saludar al hombre,
seguía sin saber su nombre porque no lo había podido escuchar. No le iba a
pedir que lo repitiera porque no quería quedar en ridículo. Al menos no en más
de lo que ya estaba.
—Mucho gusto, señor. Por favor, tomen asiento.
—“Señor”, no. No es necesario ser tan formales. Si eres amiga de Diego
puedes decirme José. Me hace sentir más joven, soy el hermano mayor de su
padre, pero no soy tanto más grande.
—Nalani, él es mi tío José, el hermano de papá, el que vivía en España.
¿Te acordás que nos mandaba cartas por correo?
—Sí, era lo más divertido de volver a casa después de la escuela. Encontrar
una carta con tu nombre. Las postales que venían dentro del sobre eran mis
preferidas. Todavía tengo alguna guardada. Fue así que empecé a escribir, a
describir lugares y contar historias.
—No lo puedo creer… —dijo Diego.
José y Nalani lo miraron, pero Diego solo tenía ojos para Nalani. Ella
se sonrojó y José carraspeó para llamar su atención.
—¿Comenzamos? —preguntó
José.
Nalani retomó su compostura y comenzó la reunión mostrándoles los planes
que tenían para ellos. Iban pasando las diapositivas y les iba contando todo
como siempre lo hacía, pero sentía como si estuviera en una nube. Era algo
extraño, estar hablando con Diego después de tantos años. Jamás pensó
encontrárselo de nuevo, y menos en su oficina como su potencial cliente.
La familia de Diego decidió mudarse a España cuando sus padres se
jubilaron, fue una jubilación temprana, ambos eran empleados públicos y les
ofrecieron un incentivo. Diego era el más chico de cuatro hermanos. Tenía
dieciséis años cuando se fueron. Durante un tiempo siguieron en contacto, pero
la distancia y la diferencia horaria hicieron que las comunicaciones fueran
cada vez más esporádicas entre ellos, hasta el punto que se dejaron de
escribir. Ambos extrañaban ver al otro, pero la vida los mantuvo lo
suficientemente entretenidos como para recordarse de vez en cuando pero no como
para retomar el contacto.
En más de una oportunidad Nalani se preguntó qué habría sido de sus
vidas, cómo hubiera evolucionado su relación si Diego no se hubiera ido.
Siempre fueron amigos, nada más. Pero ella sentía que podría haber llegado a
ser algo más. Ahora estaban allí, no solo en el mismo país o en la misma
ciudad; estaban en la misma sala de reuniones, y la mirada de Diego le
representaba un gran desafío para mantenerse concentrada y terminar su
presentación. Cada vez que fijaba su mirada en él notaba que la estaba mirando
atentamente, pero en su mirada había algo más… Ya tendría la oportunidad de
averiguarlo.
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