Todo ocurre por algo - Capítulo 10
Capítulo 10
Cada final es
un nuevo comienzo
Cuando abrí la puerta del apartamento vi a Diego en la cocina,
calentando agua para un mate, ya había encontrado la yerba. Me gustaba verlo en
mi apartamento, no lo veía como alguien externo. Al contrario, era como parte
del paisaje. No me costaría acostumbrarme a eso.
Vibró mi celular en mi bolsillo y vi una llamada entrante de Julia.
—Julia, ¿cómo estás?
—Bien, llamaba para avisarte que se cancelaron las reuniones de hoy. No
sé bien que pasó pero se pospusieron para la semana que viene.
—¿Cómo?
—Tenés tu agenda libre hoy. Podrías tomarte el día… Quizás podés ver a
Diego.
—Diego está acá en casa.
—¿Se quedó anoche? —su tono de voz se agudizó significativamente.
—Sí, luego te cuento.
—Con lujo de detalle, please.
Nalani se rió del Spanglish de
su amiga.
—Con lujo de detalle.
—Bueno, no te entretengo más. Tenés
el día libre. Use it wisely.
—Dale, voy a mandar un
mail de out of office. Nos vemos mañana.
Rápidamente escribió un mail y lo
mandó a la lista de distribución de la oficina. Cualquier tema urgente lo
podrían hablar con Carlos, de los menos urgentes se encargaría mañana.
Salió del cuarto y Diego estaba
sentado en el sillón, hojeando los libros sobre la mesa ratona. Cuando vio la
hoja de fax que Nalani le había mandado en foto el día anterior, se sonrió. En
ese instante levantó la mirada y la vio mirándolo.
—¿Todo bien?
—Todo más que bien, tengo el día
libre. ¿Qué tenés que hacer hoy? —preguntó Nalani.
—Pasar el día contigo —respondió
haciéndole una guiñada.
Nalani se puso colorada y Diego
caminó hacia ella.
—Siempre me gustó cómo tu cara
delata tus emociones.
—No siempre es algo bueno.
—Quizás no, pero a mí me parece
súper tierno —se inclinó a darle un beso.
***
Salimos de casa hace un poco más de
media hora, ya recorrimos toda la Rambla y seguimos por la Costanera hasta que
la calle se hizo de tierra antes de llegar al borde del arroyo, estamos por
llegar al peaje. Doblamos a la izquierda y esas cuadras antes de llegar a la
Interbalnearia fueron preciosas. Paramos a tomar unos mates mirando el agua
antes de seguir. Había poca gente en la vuelta, era de esperar, un miércoles de
tarde no suele ser muy movido por esta zona. Está bueno salir hacia el este en
el medio de la semana.
Me cautivaron los árboles que estaban allí, cipreses altos, muy añejos,
ya tenían las hojas color cobrizo. También había algunos liquidámbares, esos
son mis favoritos, toda la gama de colores otoñales se puede ver en esos
árboles.
Ya había pasado casi una hora y media de viaje, entre charla y charla ya
estábamos llegando a Pan de azúcar. Cuando miro el tablero del auto veo una luz
roja prendida, al lado del ícono de la batería. Mientras el pistero cargaba el
tanque y limpiaba el parabrisas le pregunté qué indicaba esa luz. Probé
encender el auto para mostrarle de qué luz hablaba pero no se prendió ninguna
luz fuera de lo normal. Lo apagué y volví a intentar, nada. Supusimos que no
sería nada grave, sino tendría que volver a prenderse. Le di las gracias y le
dejé cincuenta pesos de propina. Quedó sumamente agradecido.
Retomamos la ruta y decidimos volver hacia la costa, al tomar la
Interbalnearia consideramos las posibilidades, ir hacia el lado de Piriápolis,
o seguir hacia Punta del Este. Como todavía era temprano optamos por la secunda
opción y seguimos avanzando sin un destino en concreto. Casi pasando la rotonda
de Solanas vimos un cartel que decía Arboretum Lussich.
—Nunca fui a ese lugar —dijo Diego.
—Es uno de mis lugares favoritos de Uruguay, el Arboretum, el Valle del
Lunarejo y la Quebrada de los Cuervos son mi top 3.
—¿Vamos? Quiero conocerlo
—¡Claro! Me encanta.
Nos bajamos del auto y pasamos el gran portón de metal. Diego me dio la
mano y me miró de una forma diferente.
—Te extrañé mucho —le dije.
—Yo también —respondió, acariciando mi mejilla.
Se inclinó para un beso pero yo ya me había puesto en puntitas de pie,
fue cómico. Cada beso era una nueva experiencia, nos estábamos descubriendo en
una nueva capacidad, pero todo resultaba muy cómodo y natural.
Rumbo al camino de la Glorieta me dijo que era obvio porqué me gustaba
tanto ese lugar. No hay nada parecido en Uruguay, la variedad de vegetación es
increíble. De hecho, allí hay especies nativas y exóticas de los cinco
continentes. Cuando Antonio Lussich llegó a ese lugar, era un páramo. Construyó
la casa pero cada tormenta los golpeaba fuertemente, hasta que un día ocurrió
una tragedia. Su esposa le dio un ultimátum para irse del lugar o hacer algo
para proteger a su familia. Se puso en contacto con un amigo botánico de Europa
y vino a hacer un análisis del lugar. La respuesta no fue nada alentadora. Le
dijo que la zona no era próspera, que nada podría crecer allí. Pero Lussich
perseveró y se propuso plantar varios árboles para generar una barrera contra
el viento del este. Con el paso de los años sorprendió a todos y dio mucho que
hablar, contra todo pronóstico, resultó ser una zona muy fértil hasta
convertirse en lo que podemos apreciar hoy en día. Luego de su muerte, el lugar
pasó a ser un parque municipal de libre acceso.
Ya estábamos en la subida previa a llegar a la Glorieta cuando Diego se
quejó de su calzado. Le dije que dentro de muy poco llegaríamos a un lugar
espectacular, que valía la pena las ampollas que se le fueran a hacer. Se rió y
seguimos caminando. Quedó anonadado cuando llegamos, su respiración estaba un
tanto agitada, la mía también. No sé si adjudicarlo al ejercicio de la caminata
o a la emoción de estar allí con él. Contempló la vista por unos segundos y
volvió su mirada hacia mí.
—Gracias, gracias por traerme a este lugar. Gracias por ser vos. Gracias
por estar en mi vida. Gracias por haberme hablado aquel día en el jardín de
infantes y haberme preguntado mi color favorito.
—Diego… —no llegué a decir más.
Sus labios estaban sobre los míos, fue un beso apasionado, lleno de
emoción. Si alguien nos estaba viendo era como ver la escena final de una
película romántica. Pero esto no era el final, era solo el principio.
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