Todo ocurre por algo - Capítulo 5


Capítulo 5
Lo mejor está por venir

El almuerzo fue muy divertido, pasó volando. Ya estaban pidiendo la cuenta cuando Nalani miró su celular y vio que no tenía ninguna respuesta de Felipe. Lo guardó en su bolsillo y siguió hablando con Diego. Parecía que el tiempo no había pasado. Sin duda era todo diferente, pero al estar sentada ahí, almorzando con él, poniéndose al día sintió que su vida se había puesto en pausa por el tiempo que habían pasado sin contacto y que habían vuelto a poner play en la mañana, cuando se reencontraron.
Diego se ofreció a acompañarla de regreso a la oficina, pero Nalani le dijo que no era necesario. Él le dijo que no era negociable, que habían pasado demasiado tiempo sin verse y que iba a aprovechar cada minuto que pudiera para seguir charlando con ella.
Sintió una sensación extraña en el estómago. ¿Serían nervios? ¿Mariposas en el estómago? ¿Le habría caído mal la comida? Quitó ese pensamiento de su mente. Miró a Diego y le preguntó cómo había conseguido su número. Él se sonrió con su típica sonrisa pícara. Le dijo que un mago no revela sus trucos. Nalani se rio y le levantó una ceja, desafiante. Diego también se rio y le dijo que no entendía cómo podía tener tanto control sobre sus cejas, el comentario la agarró desprevenida, y también se rio. Pero le dijo que no le cambiara de tema, finalmente Diego le dijo que fue Julia quién le dio su número. ¿Pero cómo? ¿Cuándo? Como si le hubiera leído los pensamientos, le respondió.
—Cuando llegué al auto llamé a la oficina, le pregunté a la chica de la recepción si me podía dar tu contacto. Le dije que había estado en una reunión hacía tan solo unos minutos.
—Julia… —dijo Nalani —. Debí imaginarlo.
Rápidamente llegaron a la puerta del edificio, esta vez se dieron un abrazo sentido, de esos que duran. Ninguno de los dos quería dejar de abrazar al otro, Nalani rompió el contacto y dio un paso atrás. Diego le dijo que aún estaba buscando un lugar para vivir, se estaba quedando en un hotel no muy lejos de ahí. Quedaron en hablarse pronto para verse de nuevo.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor y entró a la oficina, Julia estaba del otro lado del escritorio mirándola con ojos curiosos. Nalani le sonrió y le dijo que cuando salieran le contaba del almuerzo. Julia no quedó conforme con esa respuesta, pero se quedó en el escritorio. Al fin y al cabo, estaban en el horario de trabajo y las tardes solían ser bastante ocupadas. En un abrir y cerrar de ojos ya eran las seis de la tarde. Nalani solía ser la última en irse de la oficina, siempre tenía alguna call sobre el final de la jornada y como workaholic que es, no se podía ir sin mandar los últimos mails reportando el desarrollo del día. A ella no le gustaba el concepto de workaholic, prefería autodenominarse como responsable y comprometida.
Bajaron juntas y salieron caminando por la vereda, entraron en una cafetería y saludaron a los que estaban atendiendo la barra, no fue necesario que hicieran su pedido, los muchachos empezaron a preparar dos vasos para que se llevaran. Era parte de su rutina, siempre tomaban lo mismo y los que atendían el café ya lo sabían. Un americano con crema para Julia, y un chai latte con leche de almendras para Nalani. Pagaron, retiraron sus bebidas del final de la barra y dejaron propina. Esta vez el frasco de la propina decía “Si le tienes miedo al cambio, déjalo aquí adentro”. Les gustaba ver qué mensaje creativo ponían cada día, siempre era diferente, y estaban seguras que ese detalle hacía que las propinas fueran más generosas que si fuera una caja chica tradicional.
Nalani volvió a revisar su celular, seguía sin recibir un mensaje de Felipe. Julia la miró y le preguntó si aún no recibía un mensaje de él. A modo de respuesta se encogió de hombros y dijo que quizás estaba demasiado ocupado como para responderle el mensaje. Pero Julia le hizo notar, nuevamente, que si le interesas a alguien, se van a hacer un tiempo para ti. Honestamente, responder un mensaje no podía ser considerado una hazaña. Quizás Julia tenía razón. Era momento de tener una charla con Felipe y ver hacia dónde estaban yendo. A ver si seguían caminando juntos o si cada uno seguía por su lado.

***

La noche estaba transcurriendo como una de las tantas noches que se juntaban con los amigos de Felipe, esta vez Andrés había elegido ir a un bar nuevo que había abierto hace poco. Estaba lleno de gente, pero ellos tenían una mesa reservada sobre el fondo del local. Fue en ese momento que Nalani decidió que la charla con Felipe no pasaría de esa noche. Allí se dio cuenta que pasaba mejor cuando estaban con todo el grupo que cuando estaba sola con él. No tenían mucha variedad en el tema de conversación y parecía que él no le prestaba mucha atención. No pudo evitar compararlo con el almuerzo que tuvo más temprano con Diego. Habían pasado más de quince años desde la última vez que se habían visto y la conversación era sumamente entretenida. No se sentía así con Felipe. Julia tenía razón, las relaciones deberían ser diferentes. Al menos ella quería que fuera diferente. Quería estar con alguien que disfrutara mucho compartir su tiempo, alguien con quién tener complicidad, buenas conversaciones, divertirse, que tuvieran química, que quisieran estar el uno con el otro, que extrañaran no estar juntos y que incluso al estar cada uno ocupado con sus propias cosas se pudieran dedicar un tiempo como para estar presente en la vida del otro.
Sobre el final de la noche ya quedaban unas pocas personas en el bar. Felipe dijo que era momento de irse porque al otro día tenía una reunión importante en el trabajo. Nalani se paró de su silla y saludó con un abrazo a los que quedaban en la mesa. Cuando salió del bar, Felipe ya estaba parado afuera, prendiendo un cigarrillo. Eso era algo que a ella no le gustaba, en más de una oportunidad se lo dijo, pero a él parecía no importarle. Comenzaron a caminar por la vereda, uno al lado del otro, sin darse la mano, sin tocarse. Nalani se detuvo y lo miró. Respiró hondo y le dijo: “Tenemos que hablar”. Felipe no se sorprendió, le dijo que se esperaba esa conversación en cualquier momento. Ella no esperaba esa reacción, pero le reafirmó que estaba tomando la decisión correcta. Fue una conversación civilizada. Felipe la acompañó hasta su casa, pero no subió con ella. Se despidieron en la vereda. Terminaron la relación sin drama. Cuando iba subiendo las escaleras le resultó extraño que haya sido así de sencillo. Eso era otro indicador de que ninguno de los dos estaba muy involucrado con el otro.
Cuando entró a su apartamento y puso a cargar su celular, le mandó un mensaje a Julia. “Terminé con Felipe. Estoy bien. Me voy a dormir, nos vemos mañana”. Recibió una respuesta casi al instante: “Me alegro. Que descanses”. Antes de bloquear el celular vio que tenía una notificación de mensaje sin abrir. Era de Diego. El mensaje tenía solo cinco palabras, un texto muy esperanzador: “Lo mejor está por venir”.

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