Todo ocurre por algo - Capítulo 7
Capítulo 7
Lo que el árbol
tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado
Nalani se desperezó y pensó en los
eventos del día anterior. ¿Habría pasado todo aquello o habría sido un sueño?
Volvió Diego. Terminó con Felipe. Consiguió un nuevo cliente para la empresa.
Buena forma de empezar la semana. Luego de bañarse y preparar un mate se sentó
en el sillón a leer un poco antes de tener que salir para la oficina. En la
mesa ratona tenía dos libros, La novena
revelación y El libro de los abrazos.
Agarró el primero, pero se le cayó y una hoja salió de adentro del libro. Apoyó
el mate en la mesa y agarró el libro. Cuando dio vuelta el papel que se había
salido, se encontró con algo que no leía hace mucho tiempo. De hecho solo se
acordaba del final. Lo leyó lentamente.
Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido,
tuve que soportar lo soportado,
si para estar ahora enamorado,
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.
El papel no decía más nada, estaba
escrito a máquina de escribir sobre un papel de hoja de fax. Probablemente lo
había escrito su mamá, con la máquina de escribir de su abuelo. Ese libro se lo
había regalado su abuela a su padre. Es un libro maravilloso. Hace un tiempo lo
había encontrado en la casa de sus padres y se lo trajo para leerlo, pero
seguía en la mesa ratona, esperando a ser leído nuevamente. Ese soneto que
escribió Francisco Luis Bernárdez, refleja el sentir de todo aquel que haya
sufrido mucho por amor y sin embargo sigue creyendo que es posible volver a
enamorarse.
Tal como le puso Diego en el mensaje
de ayer, ella no creía en las casualidades. Todo ocurre por una razón. Esas son
las causalidades. En este momento estaba viviendo el sincrodestino del que
habla Chopra. El Universo nos habla constantemente, nos dice: aquí estoy, cree,
busca y pide. Hay que estar atento a las señales y tener la capacidad de
seguirlas. El sincrodestino habla de los caminos que hemos tomado y que tal vez
no entendemos, pero nos han llevado a mayores oportunidades, a cosas que nunca
soñamos, de esta forma cocreamos con el Universo a nuestro favor.
En ese momento decidió seguir en el flujo de energía, le mandó a Diego
una foto del soneto. Acompañó la foto con un breve texto: “Regalo matinal”. La
respuesta llegó unos pocos minutos después. Le preguntó si estaba libre para
cenar esa noche, y si tenía un lugar para recomendar. No lo dudó ni un segundo.
Le dijo que sí y que lo vería en Demorondanga.
Es su restaurante favorito. Un bar de tapeo deliciosamente irreverente.
***
Llegaron temprano al lugar, es un minúsculo rincón atesorado en una
esquina de Montevideo. Según Diego, pasaría por aborigen en la sevillana
Alameda de Hércules, en el madrileño barrio de La Latina o en el Carrer Major
des Born, en la menorquina Ciudadela. Nalani no tenía ni idea de a qué se
refería, pero parecía ser algo bueno. La invadió una cálida sensación, le
gustaba que a él también le gustara ese lugar tan especial. Se sentaron en la
barra tras la cual los cocineros hacen malabarismos para preparar en el momento
las comandas que el encargado canta desde el final de la barra, mientras se
toma con parsimonia una copa de vino. Uno de los muchachos que atiende el lugar
les ofreció una copa de Amable, el
tannat de Gaetano Cretenze, un wine
maker de antepasados griegos y corazón de viña. Con la cocina tan cerca, se
guiaron por la pinta de los platos para elegir qué pedir, no se pudieron
resistir a los champiñones rellenos, a las mollejas crocantes sobre un chutney
de remolacha y al ojo de bife con una criollita de mango.
En un abrir y cerrar de ojos ya era la hora del cierre del restaurante. Quedaban
pocos comensales en el lugar. Ya no había platos en las mesas, solo copas de
vino y botellas casi vacías. Cuando pidieron la cuenta, les ofrecieron una
copita de “citricello”, lo presentaron como un lemoncello de la casa que
también tiene pomelo y mandarina. Interesante. Brindaron con las copitas de
licor y se miraron a los ojos antes de probar el peculiar beberaje. Sostuvieron
la mirada y el momento se vio interrumpido cuando empezó a sonar a todo volumen
una canción de Salif Keita. Esa era la canción del cierre por excelencia. Los
cocineros estaban limpiando la cocina, enjabonando las baldosas, guardando todo
en tuppers y frascos de vidrio, limpiando la mesada y colgando los sartenes.
Uno de los mozos estaba barriendo y el encargado les cobraba.
Ya parados en la vereda, decidiendo hacia donde salir caminando, Diego
se apoyó sobre la pared y le dijo a Nalani que hay una frase de una autora
española que le gusta mucho. Estaban muy cerca, casi tan cerca que si hacían el
esfuerzo, podrían escuchar el latido del corazón en el pecho del otro. “Vive, joder, vive. Y si algo no te gusta, cámbialo. Y si algo te
da miedo, supéralo. Y si algo te enamora, agárralo”. En ese momento Diego rodeó
la cintura de Nalani con sus brazos y la besó. Primero fue un tímido roce de
labios. Cuando se sintió aceptado por Nalani, se fundieron en uno.
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