Todo ocurre por algo - Capítulo 9
Capítulo 9
Cadena de favores
En esta oportunidad lo vi de primera mano. Sabía de su existencia, pero
no era consciente de su alcance. Hace muchos años había visto una película que
iniciaba esta situación, más que situación podríamos catalogarlo de movimiento.
A veces resulta increíble ser testigo de cómo se suceden las cosas. Pero sin
lugar a duda, la realidad supera la ficción. Me resulta fascinante poder ser
testigo de este tipo de cosas, no alcanza con estar en el lugar correcto, en el
momento oportuno, también hay que poder darse cuenta. ¿Cuántas veces estamos
tan ocupados en nuestras rutinas que vamos por la vida sin observar lo que nos
rodea?
Salí de mi casa y me dirigí al supermercado de la vuelta, pasé primero
por el contenedor para tirar dos bolsas de basura, una con desechos reciclables
y otra con desechos orgánicos. Allí estaba el mismo señor que veía cada vez que
bajaba, sentado en el escalón del ex Viejo Bar Rodó. No sabría decir su edad,
quizás ronda los sesenta años, o puede ser menor; la vida ha sido dura con él,
las circunstancias lo han desgastado. Hoy estaba ordenando un montón de boletos
de ómnibus que tenía sobre su falda, no pude evitar notar los agujeros del
pantalón sobre sus rodillas, sus championes también estaban rotos, los tenía
atados con varios cordones para evitar que la suela se desprendiera por
completo. Tenía puesta una campera de nylon violeta y usaba un gorro de lana
verde inglés que lleva puesto desde que lo vi por primera vez, hace más de dos
años.
—Buen día, Beto.
—Hola —dijo sin levantar la mirada.
Me acerqué al contenedor verde y abrí la puerta para colocar la bolsa de
basura. Cuando estiré mi mano para poner la otra bolsa en el contenedor
anaranjado escuché que Beto se había puesto de pie.
—¿Tenés algo de cartón?
—Sí, tengo dos cajas desarmadas.
—¿Me las puedo quedar?
—Claro, tomá —dije acercándole la bolsa—. Quizás hay algo más que te
sirva.
—Gracias, mija. Se está poniendo frío, con el cartón no se siente tanto
—dijo a la vez que miró hacia la copa de los árboles.
Más allá de la copa de los árboles sin hojas se veía el cielo gris,
siempre me gustó mirar para arriba en esa cuadra. En los últimos meses del año,
previo al verano, se transforma en un techo de flores violetas que cubren el
suelo y resulta ser una de las postales Montevideanas más lindas.
—Me gusta esta esquina en verano —dijo Beto como si me estuviera leyendo
la mente.
—A mí también, es lindo el barrio.
—Sí, yo siempre viví por acá. Por eso siempre ando en la vuelta. No me
quiero ir del barrio.
Al decir eso se volvió a sentar en el escalón y dejó de prestarme
atención. Lo tomé como una señal de que nuestra conversación había terminado.
Crucé la calle y entré al supermercado. Allí saludé a los muchachos que
siempre están en la caja. Con la reducción de horario por el covid-19 hay solo
dos cajas abiertas, pero siguen trabajando los mismos de siempre, se
reorganizaron las tareas y ahora algunos están en la verdulería y en la parte
de la fiambrería.
Ya cuando me estoy acercando a la caja para pagar, noto que el ambiente
estaba caldeado, no sé muy bien qué está pasando, pero se perciben algunas
tensiones. Delante de mí está una señora que se acerca a la caja que está más
cerca de la puerta al grito de “¡siguiente!”. Soy la próxima, pero la primera
caja está trancada, tienen un problema en el arqueo, faltan cincuenta pesos.
El supervisor está enojado, es evidente. No se puede ver su cara detrás
del barbijo, pero su tomo de voz es muy poco amable, de sus ojos parecían salir
dagas, dirigidas directamente a la cajera que estaba de turno. Ella contaba y
recontaba el dinero de la caja, pero seguían faltando cincuenta pesos.
—Acá están los cincuenta pesos que faltan —dijo la señora que estaba
antes que yo para pagar.
—¿Cómo? —preguntó el supervisor.
—Que acá están los cincuenta pesos que faltan, guardalos —le dijo a la
cajera.
Incrédula, la chica no sabía muy bien qué hacer, cómo reaccionar. Agarró
los cincuenta pesos que estaban sobre el mostrador y los puso en la caja.
—Cadena de favores, que tengan un buen día —dijo la señora, le sonrió
por debajo del barbijo, se veía la sonrisa en sus ojos y se retiró.
—Siguiente —dijo el otro cajero.
Me acerqué a la caja y cuando estaba pasando el último producto por el
lector decidí agregar una tableta de chocolate.
Cuando llegué de regreso a casa,
revolví dentro del ropero en busca de un buzo que hace tiempo que no uso, Diego
seguía durmiendo. Volví a bajar y se lo llevé a Beto junto con la barra de
chocolate. Para mi sorpresa, Beto no estaba en el escalón, estaba hablando con
un repartidor de PedidosYa que no encontraba una dirección, lo estaba ayudando.
Antes de volver a la equina dobló el espejo lateral de un auto que estaba
estacionado lejos del cordón.
—Cadena de favores —me dijo sonriente.
—Cadena de favores —repetí.
Le di el buzo y el chocolate, Beto
volvió a mirar hacia la copa de los árboles. A mí se me nublaron los ojos.
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